16/17 diciembre
Belfast

Belfast (10)

EN EL AVIÓN (I)

13 Oct 2015 Escrito por

Todas duermen. No es fácil contar esta historia y me vendría bien ayuda. Pero todas están dormidas.

Volvemos de Belfast. De vuelta. De un viaje. De una experiencia. De una aventura. De un torneo de baloncesto.

La mayoría de ellas son junior. Yo dejé de ser junior cuando ellas no habían nacido. No me imagino qué habría supuesto para mí viajar al extranjero para jugar al baloncesto con mis compañeros de aquella época, con mis amigos. Que lo eran entonces y siguen siéndolo hoy en día.

Con el tiempo, los sueños se cambian por recuerdos. Sustituir lo que te gustaría hacer por lo que realmente hiciste. Pero eso se entiende más tarde.

Algún día perderán en una mudanza las medallas que les dieron ayer. O tirarán las camisetas que les regalaron por estar desgastadas. O romperán accidentalmente los trofeos de cristal que consiguieron. O quizás lo hayan hecho ya.

Pero eso no importa. Lo más importante de estos días en Belfast no se pierde, ni se tira, ni se rompe.

En el avión. Voy a intentar contarlo. Ahora que todas duermen, haré lo mismo que ellas: cambiar sueños por recuerdos.


VIAJE DE IDA (II)

13 Oct 2015 Escrito por
Todo empieza en Serrerías. Entre maletas y los nervios silenciosos del viaje que está a punto de arrancar. Entrenadores convertidos en padres; jugadoras convertidas en hijas.
 
De camino al aeropuerto, suena Arctic Monkeys en el coche. Cae la noche. Hablamos de ese Eurobasket que España va a ganar. Seguro.

Nights were mainly made for saying things 
that you can't say tomorrow day
 
En el aeropuerto. Frente al Burger King. Es la primera vez que estamos todos. Toda la expedición. Quince. Trece y dos. Las familias nos arropan hasta el último momento. Hasta donde lo permite el control de tarjetas de embarque y documentación.
 
Comprobamos documentación. Volvemos a comprobarla. Se facturan maletas. Incluso se cena. Como si se quisiese alargar la despedida. En estos viajes suelen pasarlo peor quienes se quedan.
 
Nadie sabe lo que viene después, pero los que se van tienen la emoción de la aventura. Los que se quedan sólo pueden esperar. Que todo vaya bien.
 
Para algunas es la primera vez en un avión. Hay preguntas, hay dudas, pero también hay ganas de explorarlo todo.
 
Somos los únicos españoles entre más de cien pasajeros. La liamos en el avión antes de despegar. Un hombre de unos 120 años se gira cabreado y nos manda callar cuando todavía estamos en tierra.
 
Se acaba el viernes. Medianoche. Un grupo de trece amigas a punto de volar hacia Belfast para jugar un torneo de baloncesto. Hay cosas que no se pueden controlar. ¿Qué esperaba, caballero?
 
La seguimos liando, pero con más calma. Sólo nos llaman la atención un par de veces más. Tampoco es tanto. Es muy tarde. Noche cerrada. Cae la madrugada, pero nos cuesta dormir. Hay cosas que no se pueden controlar.
 
Nos esperan en Belfast. En teoría. Nos han dicho que estarán allí cuando lleguemos. No se lo digo a nadie, pero me da pánico que no sea así. La llegada está prevista a la 1:30, hora irlandesa.
 
Algo pasa. La mayoría de nosotros vamos en la parte final del avión. A la mitad del pasillo, cerca de Mari Cruz y Alba, alguien parece enfermo. Las azafatas van y vienen. Los que estamos lejos no nos enteramos de nada. Bastante tenemos con lo nuestro.
 
Mari Cruz, como buena enfermera, intenta ayudar. No le hacen ni caso. La cambian de sitio y le dan una botella de agua. Gracias por colaborar.
 
Tras mucho tiempo a oscuras, vemos unas luces en tierra. ¿Eso es Londres? No, tiene que ser Bristol. Ya queda poco. El avión desciende. Me alegro. Es la 1:15. Parece que llegamos con adelanto.
 
Me equivoco. Nos avisan de que hacemos una parada de emergencia porque la persona enferma está cada vez peor. ¿Esto es Belfast? No, es Bristol.
 
Aterrizamos. Suben médicos. Suben policías. Suben bomberos. Pero no baja nadie. Es lo que tienen los protocolos aéreos.
 
No nos dejan levantarnos. Evidentemente, nos levantamos. Nos dicen que dejemos de movernos. Evidentemente, no dejamos de movernos.
 
Tras una hora de evaluación, deciden que es seguro llevarse a la persona enferma. Ahora falta el papeleo, que nos autoricen el despegue y esas cosas. Yo miro el reloj. Nos esperan en Belfast. En teoría. Nos han dicho que estarán allí cuando lleguemos.
 
Pero ya son casi las 3:00 y estamos en Bristol. Despegamos.
 
Muchas se rinden y cierran los ojos. 

Aterrizamos en Belfast. Ahora sí. Deben de ser las 4:00. Nuestra maleta es la última en aparecer. Nosotros somos los últimos en salir.
 
Nos esperan en Belfast. En teoría. Nos han dicho que estarán allí cuando lleguemos. Nos lo han dicho. Me lo repito para tranquilizarme. Avanzar por el pasillo es un acto de fe.
 
Pero Breda está allí. Breda, nuestra anfitriona. Como siempre a partir de ese momento. Allí donde la necesitemos. Nos esperan cuatro coches. Particulares. Pasando la madrugada en un aeropuerto para esperarnos.
 
Yo me voy con Breda. Cogemos un atajo. Me explica que hay cambios en el torneo. Han fallado dos equipos. Pero nosotros estamos aquí. La niebla nos rodea al cruzar un bosque. Es un atajo. Lo dice Breda. Aunque nosotros sólo vemos niebla. Acto de fe.
 
Llegamos al hotel. Tres estrellas. Moqueta y madera. Irlanda. Repartimos las habitaciones. Dobles. Entrenadores, abajo junto a recepción. Jugadoras, arriba en la planta superior. El reloj marca casi las 5 de la mañana cuando se deja de escuchar ruido de pasos y maletas. Hay que dormir rápido, con los ojos apretados.
 
Mañana está a punto de empezar.
 
Tres horas de sueño y arriba. Tres partidos por delante en las siguientes ocho horas. Se dice rápido. Las chicas aparecen en el desayuno con mejor cara de la esperada.
 
Los nervios son el mejor despertador.
 
Desayuno. Zumo de naranja en polvo en vasos pequeños. Té rojo con toda la fuerza que pierde en café en esas tierras. Tostadas y cereales, la mayoría. Alguna vacía la bandeja de croissants en la primera barrida. Otras se arriesgan a pedir un típico desayuno irlandés. Huevos, bacon, alubias,… A esas horas, yo no puedo ni mirar esos platos.
 
Volvemos a tener cuatro coches en la puerta a la hora prevista para salir hacia el pabellón. Son personas diferentes, pero igual de amables. Nos miman.
 
Recorremos un par de millas en un barrio residencial, lleno de universidades y colegios de pago. Estamos en una buena zona. Se nota. 

No vemos el sol. No lo veremos en esos días. Al menos no llueve. Todavía. 20 grados y nubes. La gente nos dice que tenemos suerte con el clima.
 
Llegamos al Methodist College.
 
Nuestro primer rival son las anfitrionas. Ulster Rockets. El equipo de Breda. Son más grandes. Son más fuertes. Son más duras. Es otro baloncesto.
 
Hay más contacto, más empujones, más lucha, más imprecisiones. Más caos. Los golpes de cadera no son falta. Tampoco hay falta en la lucha por el rebote. Ni en los balones divididos. De hecho, prácticamente no hay faltas.
 
No existen los pasos de salida, excepto si los hace Mar. De todas las cosas que ella les enseña ese fin de semana, eso es lo único que los irlandeses no aprenden. Ángela, en cambio, juega feliz. Tiene momentos de iluminación en los que parece capaz de todo.
 
Nadie protesta. Ni jugadores, ni entrenadores ni público. Entonces se deduce que eso es normal.
 
Algunas chicas tenían miedo de que nos pasasen por encima. Pero no es así. Nos vamos seis abajo al descanso (24-18) y con la sensación de que lo podemos hacer mejor. La distancia se mantiene hasta el último cuarto, pero las imprecisiones hacen imposible acercarse. 48-37 y pensando en una posible revancha.
 
Luego esperan las Killester de Dublín. Es otra historia. Sólo hay que verlas calentar. Un equipo profesional hecho para ganar el campeonato de Irlanda. Breda nos cuenta que las dublinesas están probando a una americana para ficharla.
 
Sin tiempo de recuperación contra un rival de otro nivel, de otro planeta. Y sin embargo sucede lo inesperado. El primer cuarto es impecable. A falta de 40 segundos para el final de ese período, las Killester tienen que pedir tiempo muerto. El marcador es 8-8.
 
A partir de ahí, las irlandesas pisan el acelerador. Mucho. Parcial de 23-3 y a otra cosa, mariposa. Es lo que hay. Para eso estamos ahí, para ver cosas nuevas. Para disfrutar de ese nivel de competición.
 
El tercer partido, tras dos horas de descanso, es contra las junior de Ulster Rockets. Tendría que haber sido contra Galway, pero no han venido. Aplazamos el duelo para la próxima visita.
 
Vamos a ganar. Se ve desde el primer momento. El equipo está mucho más concentrado y se cometen menos errores. Las chicas están tan metidas en el partido  que aprenden que el cambio en inglés se pide diciendo “Sub”.
 
Nos pegan igual, pero la presión no es la misma. Siempre delante en el marcador. Es un partido bonito. Al menos para verlo. Imagino que también para jugarlo. Final, 34-42.
 
Habrá que dejar escrito que José Juan Piqueras dirigió el primer partido que un equipo de Molina Basket ganó en Irlanda.
 
Ganar no es lo más importante, pero mejora el día.
 
 
 

METHODY (IV)

13 Oct 2015 Escrito por
El Methodist College es un recinto gigantesco. 150 años de antigüedad. Varios edificios rodeados de césped. Ladrillo rojo y pórticos de piedra. Si apareciese Harry Potter, nadie se extrañaría.
 
Es la sede del torneo senior. Hay otro campeonato junior paralelo en otro lugar de Belfast. Al día siguiente, está previsto que las finales se jueguen aquí. Nos han puesto en la pista principal.
 
El pabellón es una construcción anexa. “Sport Hall” suena mejor que “pabellón”. Es más moderno que el resto de las instalaciones. Es modesto. Me hace pensar en el de Canteras. Buenos recuerdos.
 
En los pasillos se ven vitrinas con trofeos y las paredes están cubiertas de fotos de equipos del instituto ganadores en diferentes deportes. Algunos parecen inventados. Fotos descoloridas con marcos de madera y cristales empañados. Siempre en la misma pose. Siempre en la puerta principal del Methody. A primera vista es difícil saber si son actuales o tienen cincuenta años.
 
Todos los que aparecen tienen en común la ropa ridícula y la sonrisa orgullosa. Tradición.
 
La organización habilita una de las aulas y la convierte en cafetería. Para nosotros. Preparan tostadas y emparedados. Traen magdalenas y galletas. Hay café, té y una especie de bebida de naranja a base de concentrado diluida en agua.
 
Es un menú excepcional por 1’50 libras, aunque también aceptan euros. 2 euros al cambio. Porque somos nosotros.
 
Breda me dice que, ante la baja de Galway, quiere organizarnos un partido contra la selección de Irlanda al día siguiente. Me pregunta qué me parece. No sé cómo se dice “la hostia” en inglés, así que sólo respondo “brilliant”.
 
Tras el último partido del sábado, Lucía y Sabela quieren ir a la cafetería, pero ya está cerrada. Una de las personas encargadas todavía está en el pabellón, así que les abre la puerta. Sabela quiere “algo”, pero ella le da “todo”.
 
Aparece con una bolsa de plástico enorme llena de dulces y bizcochos con pasas. Todo cortado y preparado. Con mucha mantequilla. Todo regalado. Para que no pasemos hambre. Nos miman.
 
Otro grupo de coches vuelve a esperarnos en la puerta del pabellón. En la misma puerta. Son personas diferentes, pero igual de amables.
 
El tipo que conduce aprovecha un atasco me enseña una foto de su casa. Aparecen nueve jugadoras vestidas de verde en el jardín. Es la selección de Irlanda. Se hospedan apiñadas en habitaciones de cuatro y cinco, con colchones en el suelo. “Ayer tenía catorce”, me comenta con una sonrisa, “y en mi casa sólo hay un baño”.
 
Le pregunto cómo se organizan. "Al principio era un poco caótico; entonces les di la clave del Wi-Fi y todo se quedó en silencio", me cuenta antes de echarse a reír.
 
Las jugadoras de la selección de Irlanda duermen en habitaciones de casas particulares tiradas por el suelo. Las de Molina Basket, en un hotel de tres estrellas.
 
Me supera.
 
Nadie nos pregunta por los partidos ni por los resultados. Quieren saber de dónde somos y cómo hemos llegado hasta aquí. La primera cuestión siempre la respondo como me enseñó José Carlos: “Somos de Murcia, al sur de Benidorm”.
 
Para la segunda pregunta ni yo mismo sé cómo contestar.
 

TITANIC QUARTER (V)

13 Oct 2015 Escrito por
Son las seis de la tarde del sábado. Cogemos el autobús para ir al centro y cenar algo. El 9A es el típico bus británico de dos plantas. Subimos los quince y me dan un ticket de más de dos metros de largo.
 
 
Como es lógico, ocupamos la parte superior. A partir de ese momento, siempre será nuestra. El viaje es rápido. Belfast es una ciudad grande, pero ya es tarde para ellos. No hay tráfico y en un cuarto de hora estamos en el City Hall.
 
Ahí cenamos mañana. Es un palacio de la época victoriana. Las chicas lo habían visto en fotos, pero su reacción es diferente cuando se lo encuentran por primera vez. Una reacción en cadena: asombrarse, desenfundar móvil y hacerse un selfie. Entiendo que es lo máximo.
 
Paseamos por Donegall Place. Castle Place. High Street. Queen's Square. Típica ruta por las calles principales. Todavía no son las siete y la mayoría de las tiendas están cerradas. Nosotros no hemos cenado y la ciudad se prepara para dormir.
 
Sigue sin llover y hay que aprovechar para caminar. Nos acercamos al distrito del Titanic, cerca de los muelles, del mar. Encontramos una sardina que tardará mucho tiempo en olvidarnos. Un cartel indica que está prohibido subirse a ella. Cuando lo leo, ya hay ocho chicas montadas en su lomo. No pasa nada. La ciudad se duerme y apenas hay gente.
 
Cruzamos el puente y recorremos el río Lagan hasta casi la desembocadura. Se hace de noche y empieza a hacer frío. Nos metemos en un centro comercial frente al Museo del Titanic. Son las ocho, pero parece medianoche.
 
Terminamos cenando en el Pizza Hut todos juntos. En el último trozo de su pizza familiar, Alba encuentra una mosca y le sale gratis. Hasta en eso podemos pensar que tenemos suerte.
 
De vuelta al City Hall para coger el autobús, la ciudad ha cambiado. Es noche cerrada y por la calle deambulan seres extraños. Estamos en las calles principales, pero la ciudad duerme y sólo quedan despiertos los especímenes urbanos más particulares. Incluso el McDonald’s más céntrico parece un lugar diferente.
 
Miro el reloj. Apenas son las diez, pero ya es el momento de regresar al hotel.
 
Volvemos a apropiarnos de un autobús. La parte de arriba es nuestra. Las chicas la lían parda. Cantan y corean el nombre de cada pasajero. De todos, menos de uno, que lleva un palo. Hacen la ola. Nadie diría que llevan tres horas de sueño y tres partidos.
 
Además, consiguen algo increíble: todo el mundo es feliz en el autobús. Las personas que suben al bus sonríen e, incluso, cantan con ellas. Ahora la ruta es 9C y el recorrido es más largo. Más tiempo de espectáculo. Momentos hilarantes.
 
Disimulo para que no me vean llorando de la risa.
 
Oigo a Ascen decir “tía, cuando lo contemos, no tendrá tanta gracia” y pienso que tiene mucha razón.
 
Al llegar al hotel, me espera una gran sorpresa. Breda me llama para comentarme que a primera hora de la mañana habrá un partido de la selección de Irlanda junior contra el equipo senior de las Ulster Rockets y que le gustaría invitar a alguna de nuestras jugadoras.
 
Y me pregunta qué me parece. No sé cómo se dice “la hostia” en inglés, así que sólo respondo “brilliant”.
 
Desde nuestra habitación en la planta baja, oigo los pasos de las chicas en el piso de arriba, las carreras y el cuchicheo de esas reuniones clandestinas en plan “todas en una habitación”.
 
Esa noche, a pesar del cansancio, me cuesta dormir. No paro de pensar en los partidos del día siguiente. Ilusionado.
 
Y eso que yo no juego.

 

Dormimos poco. Las caras en el desayuno muestran cansancio acumulado. La lluvia aparece. Así seguirá todo este domingo que acaba de empezar.
 
 
Es el día en que las chicas de Molina Basket jugarán con y contra Irlanda en Belfast. Se dice rápido.
 
Nos miman. Vuelven a acudir puntuales a recogernos. Como cada día. Como siempre. Personas diferentes, igual de amables.
 
Al entrar al pabellón del Methody, vemos las camisetas de la selección de Irlanda. Están ahí.
 
Antes del primer partido, Breda recibe un homenaje sorpresa. El City Hall de Belfast la nombra mejor entrenadora del año. Coach of the year. No sólo de baloncesto. Así, en general. Le entrega el premio un tipo del ayuntamiento que hace un pequeño discurso.
 
Habla de ilusión, de pasión, de todo eso que es necesario para construir un club de baloncesto. Pero insiste en la palabra “dream”. La capacidad de soñar y de la fuerza de esos sueños. Tengo el día tonto y me emociona la idea.
 
Se entrega el premio y todo vuelve a la normalidad.
 
La selección de Irlanda aparece en la pista con su equipación blanca. El rival son las senior de Ulster Rockets. La entrenadora quiere buscar petos para nuestras jugadoras, pero nos ofrecemos jugar con las camisetas blancas de Molina Basket.
 
Sólo la imagen del calentamiento es para no olvidarla jamás. Allí estamos todos y podría haber sido cualquiera de las chicas. Pero son Alba, Mar y Mari Cruz quienes están ahí. Ahí.
 
Me quedo en el banquillo. No sé si como entrenador o como intérprete, pero creo que tengo que acompañarlas. La entrenadora anuncia al quinteto titular. “Mar” es el cuarto nombre que dice.
 
Realmente dice “Mara”. Intento corregir.  Le repito el nombre varias veces. Se lo deletreo. Pero sigue siendo “Mara”. Se lo perdono. Soy un tío comprensivo.
 
Empieza el partido. Mar lo borda. Es un privilegio estar allí y ver esos primeros minutos. Las rotaciones comienzan, pero la entrenadora de Irlanda no sustituye a Mar. ¿Por qué? Porque está siendo la mejor. En el primer cuarto, anota todos los puntos de la selección de Irlanda excepto dos. Un lujo. Un privilegio.
 
Alba sale a pista también en el primer período. Le insisto a la entrenadora en que ella puede jugar en cualquier puesto, que no le va a importar defenderse a quien sea. Alba, que esa noche me contará cómo se quedaba temporadas sin poder jugar al baloncesto porque no había niñas de su edad, juega ahora con la selección de Irlanda.
 
Mari Cruz sigue en el banquillo. Espera y desespera. Salen todas menos ella. En un tiempo muerto del segundo cuarto, la entrenadora me pregunta si es zurda. No entiendo nada. “¿Le importará jugar de alero por la izquierda?”. No entiendo nada, salvo que tengo que decirle que sí, que Mari Cruz jugará de extremo izquierda. De lo que sea. Sin problema.
 
La entrenadora la llama y le explica lo inexplicable. “Juegas por la izquierda”. Mari Cruz sale y juega por la izquierda. El partido siempre está igualado. Las senior de Belfast aprietan y las junior de la selección de Irlanda se atascan. Les cuesta salir de la presión.
 
La entrenadora me pregunta si Alba puede jugar de base. Le sugiero que le dé el balón a Mari Cruz. Aunque no sea zurda. Y todo vuelve a tener sentido. Incluso para la seleccionadora de Irlanda: Mari Cruz termina jugando de base los minutos decisivos.
 
El partido es cada vez más intenso entra en el último cuarto con ligera ventaja de las Ulster Rockets. La irlandesa empieza a gritar a sus jugadoras que le den el balón a Mari Cruz, que lo suba ella. La historia de la suplente que se convierte en extremo izquierdo, la extremo izquierdo que se convierte en base. No recuerdo a nadie que se haya hecho jefe tan rápido.
 
Yo estoy allí para ver la última jugada. Son momentos que sólo parecen posibles en un partido de baloncesto. Irlanda pierde de 4 y tiene la posesión. Canasta de una de las chicas irlandesas y falta personal. 2 abajo. Tiro libre. Quedan diez segundos. Falla. Irlanda coge el rebote ofensivo. Tiro desde la esquina. Falla. Irlanda vuelve a coger el rebote ofensivo. Pase a la esquina. Esta vez llegan dos defensoras a puntear. No hay opción. No hay tiro. Hay pase. A Mari Cruz. Que lanza de tres.
 
La bocina suena cuando el balón va por el aire. Como en las películas.
 
Silencio. El tiempo se para, se congela. Hasta que la pelota entra. El ruido de la red hace que el pabellón vuelva a despertar.
 
La reacción cuando se gana un partido en el último instante es igual en todos sitios. Los gritos, los abrazos entre las jugadoras, las manos en la cabeza de los que pierden, el público en pie que aplaude y sonríe. Una piña de camisetas blancas celebrándolo en mitad de la cancha, camisetas blancas de la selección de Irlanda con las de Molina Basket.
 
Se dice rápido.

 

Antes del último partido, Breda nos reúne a José Juan y a mí para decirnos que hay que elegir una MVP por equipo. Él y yo nos miramos. Es una decisión difícil. Dudamos. Breda nos ofrece consultar después del siguiente encuentro con otros entrenadores. Una segunda opinión. O tercera. Nos parece correcto.
 
 
Quince minutos antes del último partido, vemos a las chicas de la selección de Irlanda calentando. Llueve fuera. Ellas corren por los pasillos. Suben y bajan escaleras. Para ellas no es un amistoso. Se nota. En junio tienen competición y saben que se juegan un sitio en el equipo.
 
Nuestras chicas están agotadas. También se nota. La cabeza y las piernas han perdido la sintonía. Aguardan el partido como quien espera un autobús en invierno. Golpeando el suelo con los pies para que no se congelen.
 
El autobús llega puntual. Vestido de blanco y detalles verdes. Es el encuentro más raro, más rápido y más impreciso de todo el fin de semana. Lo intentamos, pero fallan las conexiones. La cabeza, las piernas, las manos. La respiración.
 
Cuando nos damos cuenta, el autobús ha pasado y seguimos sentados en la parada. Con las manos en los bolsillos y mirando al suelo.
 
Las chicas recuperan la sonrisa en cuanto pitan el final. Me alegra ver eso. Las jugadoras de Irlanda les regalan unas insignias con su bandera. Se saludan como si fuesen amigas de toda la vida.
 
La mujer de la cafetería entra en la cancha y llama a Sabela. Le ha preparado una bandeja llena de dulces. Más grande que la del día anterior. Más preparada, menos improvisada.
 
Sigue lloviendo. Nos trasladan rápido al hotel. Son las dos y media. A las cuatro tenemos la cena en el City Hall.
 
El conductor es Joe, es Charlie, es Geraldine, es Kathy, es Keira, es Ashley, es John. Es cualquiera. Pienso que es domingo por la tarde y esta gente nos hace de chófer con la mejor sonrisa. Personas diferentes, igual de amables.
 
Hay que ducharse rápido. Nos esperan en un palacio.
 

CITY HALL (VIII)

13 Oct 2015 Escrito por
Sigue lloviendo. El ayuntamiento es un edificio de la época victoriana rodeado de césped que ocupa una manzana en el centro de Belfast. Llegamos puntuales.
 
Entramos en el recinto del City Hall. Pasamos de un guardia de seguridad a otro. Seguridad con traje y corbata. Somos los del baloncesto. Nos invitan a pasar. Nos abren las puertas. Nos acompañan. Cada paso que damos es más alucinante. Avanzamos por un palacio de mármol, vidrieras de colores, lámparas que cuelgan del techo y suelos con alfombras de lana y seda.
 
Un palacio. Como en los cuentos.
 
Al final resulta que todo es verdad.  Que hemos participado en un torneo de baloncesto en Irlanda. Que hemos jugado contra Dublín, Belfast y la selección irlandesa. Que estamos en una recepción en el City Hall.
 
Entramos en el Banqueting Hall, la sala reservada para comidas oficiales. Hay varios cuadros homenaje al Titanic en las paredes. Como en toda la ciudad. Una extraña mezcla de orgullo y tristeza.
 
Nos sentamos. Allí están todos los equipos que han jugado este fin de semana. Nuestras chicas son las más elegantes. Sin duda. Ellas se distribuyen en dos mesas. A José Juan y mí nos llevan hasta el lado opuesto del salón.
 
Nuestro sitio está con los anfitriones. Como sentarse con los recién casados en una boda. Breda me pregunta por nuestra MVP. Le pido esa segunda opinión de otras personas. Intervienen dos entrenadoras que han estado por el Methody ese fin de semana.
 
Nos ha gustado mucho la 7”. Sorpresa. No tenemos 7. Se lo explico con amabilidad, pero ellas insisten. “Sí, la 7. Mara.” No es una sorpresa. Ha competido cada minuto. Además ha tenido momentos brillantes, espléndidos. La llamen como la llamen. Le pongan el número que le pongan. No es una sorpresa, pero me hace ilusión que se lo den a ella.
 
Breda me pregunta también el nombre de la chica que ha metido el triple decisivo. Tienen un premio para la mejor canasta del torneo y en esto hay unanimidad.
 
Son detalles, pequeños detalles, pero cada uno de ellos me parece más bonito que el anterior.
 
La cena no es un gran banquete. Han preparado un buffet para que cada uno llene su plato como quiera.  Como la gente no se abalanza a repetir, lo retiran relativamente rápido. Pasamos al postre, al té y a los discursos.
 
Lo primero que hacen es darnos las gracias por venir. De nada, supongo. La lista de agradecimientos es larga. Luego entregan las medallas. Primero, como es lógico, a nuestras chicas. Después va el resto de equipos. Ese ha sido el orden todo el fin de semana.
 
Me divierte pensar que, en un momento dado, nombrarán a Mar y a Mari Cruz para darles sus galardones. Ellas no lo saben. Las posibilidades son múltiples: que las pillen comiendo el postre con la boca llena de migas de chocolate, que no se enteren, que se pongan rojas de vergüenza o todo a la vez.
 
Disfruto especialmente ese momento de espera. En un fin de semana de sorpresas, esta es la única que conozco de antemano. Un sueño. Un recuerdo.
 
Mar recoge su premio con una parada en dos tiempos: recibe el trofeo, lee el juego y vuelve a su silla. Mari Cruz opta por una puerta atrás: pie exterior, recoge premio y salida explosiva otra vez hacia su sitio.
 
Al terminar la ceremonia, voy hacia Breda. Le doy una camiseta de Molina Basket y una placa conmemorativa de nuestro ayuntamiento. Todo me parece poco.
 
Antes de salir del City Hall, el trofeo de Mari Cruz cae al suelo. Se estrella contra el único espacio sin moqueta en el palacio y se convierte en trozos de cristal.
 
Esas cosas se rompen. Otras duran para siempre.

 

EUROBASKET (IX)

13 Oct 2015 Escrito por
Al acabar la cena en el City Hall, empieza la final del Eurobasket. España-Lituania. Las chicas quieren verlo, pero en Belfast no es tan sencillo. Hay fútbol gaélico, rugby y hurling esa misma tarde. El baloncesto se ve a través de una taquilla en un canal de pago; las páginas web españolas que lo ofrecen están censuradas por los derechos de televisión.
 
Pinta mal la cosa. Breda propone que vayamos a todos a su casa y verlo allí. Pero le explican que tendría que estar abonada al canal y eso es imposible de gestionar un domingo por la tarde. Ella no se rinde.
 
Se ofrece a llevarnos al hotel para hablar con el director y hacer que nos lo pongan en un proyector. Breda moviliza otra vez cinco coches para que nos trasladen.
 
Sigue lloviendo.
 
En el hotel, Breda lo intenta, pero es imposible. No hay forma de conectar. Desde España nos informan de que el partido va bien, que vamos ganando en el descanso.
 
A Sabela se le ocurre hacer un FaceTime con su casa: colocar un ordenador frente a la televisión de sus padres y verlo a través de una tablet. Funciona. Más o menos.
 
Su hermano Dani es nuestro cámara. Hay veces que no sabemos cómo van o si el tiro ha entrado. Pero estamos todos allí, reunidos en torno a una pantalla viendo a Pau Gasol conquistar Europa.
 
Como una familia alrededor de una chimenea.
 
Es la tercera vez que España gana el Eurobasket en pocos años. Antes esto no era así, pero ellas no lo saben. Es el tipo de cosa que aprendes a valorar cuando pasa el tiempo.
 
Salimos a cenar por el barrio. Es una zona residencial, muy tranquila. Son las ocho de la tarde. Todo está cerrando. El tipo del Subway nos apaga el letrero de “Open” en la cara. Compramos chocolatinas y Coca-Cola de color verde en una gasolinera. Cenamos hamburguesas y patatas fritas en un fish and chips donde no queda pescado.
 
Sigue lloviendo.
 
De vuelta al hotel, alguna empieza a darse cuenta de que al día siguiente regresamos a casa.
 
Son las nueve y media, pero la cafetería del hotel ya está desierta. Pronto cerrará. José Juan, Alba, Mari Cruz y yo nos sentamos en los sofás con tapicería retro de recepción.
 
Escuchamos las carreras y las risas de la planta superior. Son ellas. Son las nuestras. No hay duda. Están jugando a las cartas o al escondite o a bailar hasta caerse de espaldas sobre una mesa.
 
Es Bea, es Ascen, es María (cualquiera de las dos), es Ainhoa, es Mar, es Ángela, es Sabela. Incluso son Silvia, Elena y Lucía, aunque parezcan más calladas. Son todas porque (aunque ellas no lo saben) todavía son demasiado jóvenes.
 
Pronto dejarán de serlo y recordarán días como éstos. 
 
 

SOUVENIRS (X)

13 Oct 2015 Escrito por
Breda viene a desayunar con nosotros el último día. Se ha comprometido a recoger nuestras maletas en el hotel, guardarlas en su coche, quedar con nosotros más tarde en el City Hall y devolvérnoslas cuando cojamos los taxis para el aeropuerto. Todo corre por su cuenta.
 
Es lunes por la mañana. Breda tiene que trabajar, pero pide permiso para ser nuestra anfitriona hasta el último momento.
 
Aparece en recepción con una montaña de camisetas de su campus de verano para las chicas. Es otro regalo.
 
Hacemos proyectos mientras nos sirven el café. Ahora sé que estoy delante de una persona que no sueña en vano. Siento que no puedo fallarle, porque ella no nos ha fallado a nosotros. Me gusta esa sensación de querer hacer posible cualquier plan.
 
Cogemos el bus hasta el City Hall. Nos hacen una pequeña visita guiada. Le explico a nuestro guía que aligere la ruta porque las chicas están cansadas, aunque en realidad están deseando ir de compras.
 
Ya no llueve. Recorremos Donnegal Place. Buscan el souvenir perfecto para familia, para amigos y para ellas mismas. Les recuerdo que Belfast es el Titanic, que la Guinness es Dublín. Tienen una hora, pero se les hace corta.
 
A la una y media, puntual como siempre, Breda nos espera con las maletas junto a dos taxis. Nos despedimos de ella. Hasta pronto, espero.

Los taxis son dos furgonetas negras con capacidad para nueve pasajeros. Me hacen pensar en el Equipo A
 
En nuestro furgón, suena música de Noel Gallagher. No es Oasis; es él en solitario, nos explica el taxista. Su voz tristona nos aleja de la ciudad. Por primera vez, salimos del centro de Belfast a la luz del día. Por primera vez, vemos algún rayo de sol. La hierba brilla con un verde reluciente. Hay vacas y ovejas. Muchas.
 
En los semáforos, vemos que el otro taxi se balancea de un lado a otro. Hay música y bailes dentro. Seguro que no están escuchando a Noel Gallagher.
 
Antes de facturar, Alba se da cuenta de que ha perdido su móvil. Seguramente esté en el furgón de Noel Gallagher. En ese punto, tenemos dos opciones: darlo por perdido o llamar a Breda. Optamos por la segunda. Y quince minutos después, el taxi vuelve al aeropuerto y Alba recupera su móvil.
 
Breda está cada vez que la necesitamos. Hasta el final.
 
Pasamos el control de seguridad sin apenas incidentes. Sólo nos confiscan un móvil, nos cachean y nos registran un par de maletas. Nada grave.

Contamos las libras que nos quedan. Guardamos los billetes y gastamos las últimas monedas comprando a la carrera chocolatinas y chicles para el viaje. Un despilfarro en miniatura.
 
El avión despega puntual y parece que todos los pasajeros están sanos. Esta vez.
 
Pongo el iPad sobre la mesita del avión y me pregunto cómo contar lo que hemos vivido. No es fácil. Me vendría bien ayuda. Entonces me doy cuenta de que todas están dormidas.
 
Dormidas. En silencio, por primera vez en cuatro días.
 
Son un grupo fantástico. (Ahora que duermen, más todavía.) En serio. Lo llevo pensando todo el fin de semana, pero no se lo he dicho a las chicas en ningún momento. Para que no se viniesen arriba. Prometo hacerlo antes de despedirme en el aeropuerto.
 
Juntas podrían ir al fin del mundo; esta vez han llegado hasta Belfast. Se dice rápido.
 
Ahora vuelven. De un viaje. De una experiencia. De una aventura. De un torneo de baloncesto. Y todo ha ido muy bien. Mejor de lo esperado. Mejor de lo soñado.
 

 

Este viaje termina ahora. Con el tiempo, los sueños se cambian por recuerdos. Recuerdos de esos que duran para siempre.


 

 

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