21/22 Octubre

METHODY (IV)

13 Oct 2015
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El Methodist College es un recinto gigantesco. 150 años de antigüedad. Varios edificios rodeados de césped. Ladrillo rojo y pórticos de piedra. Si apareciese Harry Potter, nadie se extrañaría.
 
Es la sede del torneo senior. Hay otro campeonato junior paralelo en otro lugar de Belfast. Al día siguiente, está previsto que las finales se jueguen aquí. Nos han puesto en la pista principal.
 
El pabellón es una construcción anexa. “Sport Hall” suena mejor que “pabellón”. Es más moderno que el resto de las instalaciones. Es modesto. Me hace pensar en el de Canteras. Buenos recuerdos.
 
En los pasillos se ven vitrinas con trofeos y las paredes están cubiertas de fotos de equipos del instituto ganadores en diferentes deportes. Algunos parecen inventados. Fotos descoloridas con marcos de madera y cristales empañados. Siempre en la misma pose. Siempre en la puerta principal del Methody. A primera vista es difícil saber si son actuales o tienen cincuenta años.
 
Todos los que aparecen tienen en común la ropa ridícula y la sonrisa orgullosa. Tradición.
 
La organización habilita una de las aulas y la convierte en cafetería. Para nosotros. Preparan tostadas y emparedados. Traen magdalenas y galletas. Hay café, té y una especie de bebida de naranja a base de concentrado diluida en agua.
 
Es un menú excepcional por 1’50 libras, aunque también aceptan euros. 2 euros al cambio. Porque somos nosotros.
 
Breda me dice que, ante la baja de Galway, quiere organizarnos un partido contra la selección de Irlanda al día siguiente. Me pregunta qué me parece. No sé cómo se dice “la hostia” en inglés, así que sólo respondo “brilliant”.
 
Tras el último partido del sábado, Lucía y Sabela quieren ir a la cafetería, pero ya está cerrada. Una de las personas encargadas todavía está en el pabellón, así que les abre la puerta. Sabela quiere “algo”, pero ella le da “todo”.
 
Aparece con una bolsa de plástico enorme llena de dulces y bizcochos con pasas. Todo cortado y preparado. Con mucha mantequilla. Todo regalado. Para que no pasemos hambre. Nos miman.
 
Otro grupo de coches vuelve a esperarnos en la puerta del pabellón. En la misma puerta. Son personas diferentes, pero igual de amables.
 
El tipo que conduce aprovecha un atasco me enseña una foto de su casa. Aparecen nueve jugadoras vestidas de verde en el jardín. Es la selección de Irlanda. Se hospedan apiñadas en habitaciones de cuatro y cinco, con colchones en el suelo. “Ayer tenía catorce”, me comenta con una sonrisa, “y en mi casa sólo hay un baño”.
 
Le pregunto cómo se organizan. "Al principio era un poco caótico; entonces les di la clave del Wi-Fi y todo se quedó en silencio", me cuenta antes de echarse a reír.
 
Las jugadoras de la selección de Irlanda duermen en habitaciones de casas particulares tiradas por el suelo. Las de Molina Basket, en un hotel de tres estrellas.
 
Me supera.
 
Nadie nos pregunta por los partidos ni por los resultados. Quieren saber de dónde somos y cómo hemos llegado hasta aquí. La primera cuestión siempre la respondo como me enseñó José Carlos: “Somos de Murcia, al sur de Benidorm”.
 
Para la segunda pregunta ni yo mismo sé cómo contestar.
 
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