21/22 Octubre

CITY HALL (VIII)

13 Oct 2015
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Sigue lloviendo. El ayuntamiento es un edificio de la época victoriana rodeado de césped que ocupa una manzana en el centro de Belfast. Llegamos puntuales.
 
Entramos en el recinto del City Hall. Pasamos de un guardia de seguridad a otro. Seguridad con traje y corbata. Somos los del baloncesto. Nos invitan a pasar. Nos abren las puertas. Nos acompañan. Cada paso que damos es más alucinante. Avanzamos por un palacio de mármol, vidrieras de colores, lámparas que cuelgan del techo y suelos con alfombras de lana y seda.
 
Un palacio. Como en los cuentos.
 
Al final resulta que todo es verdad.  Que hemos participado en un torneo de baloncesto en Irlanda. Que hemos jugado contra Dublín, Belfast y la selección irlandesa. Que estamos en una recepción en el City Hall.
 
Entramos en el Banqueting Hall, la sala reservada para comidas oficiales. Hay varios cuadros homenaje al Titanic en las paredes. Como en toda la ciudad. Una extraña mezcla de orgullo y tristeza.
 
Nos sentamos. Allí están todos los equipos que han jugado este fin de semana. Nuestras chicas son las más elegantes. Sin duda. Ellas se distribuyen en dos mesas. A José Juan y mí nos llevan hasta el lado opuesto del salón.
 
Nuestro sitio está con los anfitriones. Como sentarse con los recién casados en una boda. Breda me pregunta por nuestra MVP. Le pido esa segunda opinión de otras personas. Intervienen dos entrenadoras que han estado por el Methody ese fin de semana.
 
Nos ha gustado mucho la 7”. Sorpresa. No tenemos 7. Se lo explico con amabilidad, pero ellas insisten. “Sí, la 7. Mara.” No es una sorpresa. Ha competido cada minuto. Además ha tenido momentos brillantes, espléndidos. La llamen como la llamen. Le pongan el número que le pongan. No es una sorpresa, pero me hace ilusión que se lo den a ella.
 
Breda me pregunta también el nombre de la chica que ha metido el triple decisivo. Tienen un premio para la mejor canasta del torneo y en esto hay unanimidad.
 
Son detalles, pequeños detalles, pero cada uno de ellos me parece más bonito que el anterior.
 
La cena no es un gran banquete. Han preparado un buffet para que cada uno llene su plato como quiera.  Como la gente no se abalanza a repetir, lo retiran relativamente rápido. Pasamos al postre, al té y a los discursos.
 
Lo primero que hacen es darnos las gracias por venir. De nada, supongo. La lista de agradecimientos es larga. Luego entregan las medallas. Primero, como es lógico, a nuestras chicas. Después va el resto de equipos. Ese ha sido el orden todo el fin de semana.
 
Me divierte pensar que, en un momento dado, nombrarán a Mar y a Mari Cruz para darles sus galardones. Ellas no lo saben. Las posibilidades son múltiples: que las pillen comiendo el postre con la boca llena de migas de chocolate, que no se enteren, que se pongan rojas de vergüenza o todo a la vez.
 
Disfruto especialmente ese momento de espera. En un fin de semana de sorpresas, esta es la única que conozco de antemano. Un sueño. Un recuerdo.
 
Mar recoge su premio con una parada en dos tiempos: recibe el trofeo, lee el juego y vuelve a su silla. Mari Cruz opta por una puerta atrás: pie exterior, recoge premio y salida explosiva otra vez hacia su sitio.
 
Al terminar la ceremonia, voy hacia Breda. Le doy una camiseta de Molina Basket y una placa conmemorativa de nuestro ayuntamiento. Todo me parece poco.
 
Antes de salir del City Hall, el trofeo de Mari Cruz cae al suelo. Se estrella contra el único espacio sin moqueta en el palacio y se convierte en trozos de cristal.
 
Esas cosas se rompen. Otras duran para siempre.

 

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